Hoy es 7 de enero, y a parte de
muchas otras cosas, este día es famoso porque empiezan las tan esperadas
rebajas. Y como mis circunstancias económicas me obligan a no malgastar un céntimo, allí estaba yo, en medio de aquel caos, dispuesta a aprovisionarme para el frío
made in Bologna. Cuando tan sólo llevaba una hora, he empezado a delirar y a imaginarme un plano cenital en el que yo, parada en el centro de un río de personas, gritaba mientras alzaba los brazos hacia el cielo.
Peliculera, colega.
En fin, que esta mañana, en el centro, había más gente que en el infierno. Y es que no me extraña que la gente compre más de lo que necesite y que se gaste más de lo que se hubiera gastado si no fueran rebajas. La culpa de todo la tienen las madres. Y no, no es por como las visten, sino porque su histeria, su prisa por atrapar el mayor número de camisetas/pantalones/loquesepongaasualcance posible te hace actuar un poco como ellas. Eso o desesperas y te vas. O te pones a llorar. Vale, no voy a exagerar, pero por algo dicen que te unas a tu enemigo si no puedes con él. Menos mal que el calvario ha sido corto; he cogido lo que necesitaba y he abandonado el lugar de los hechos tan rápido como he podido.
Al menos he conseguido reprimir el brote
psicópata. Algo es algo.