Broken Promise We rise above this, we cry about that, as we live and learn.
A broken promise, I was not honest, now I watch as tables turn and your singing.
I wait my turn to tear inside you.
Watch you burn, I'll wait my turn, I'll wait my turn.
I'll cry about this and hide my cockled eyes, as you come off all concerned, and I'll find no solace in your pore apologies, and your regret that sounds absurd. Keep singing.
I wait my turn, to tear inside you. Watch you burn, I'll wait my turn to terrorize you. Watch you burn, I'll wait my turn, I'll wait my turn.
Broken promises, promise is a promise, promise is a promise, promise is a promise,
And I wait my turn to tear inside you. Watch you burn, I'll wait my turn.
A broken promise, you are not honest, I'll bide my time, I'll wait my... turn.
Hecho. Acabo de finiquitar la última de las tres tesinas que tenía que hacer para mis asignaturas italianas: una sobre Mickey Mouse para Cine de Animación, otra de los campos de concentración y su relación con el cine para Cine Contemporáneo y la última, sobre "21 gramos", para Semiotica. La sensación de libertad académica no es tan gratificante como esperaba porque aunque yo ya haya terminado hay mucha gente que sigue viviendo en la biblioteca, que se toma 10 cafés al día y que bucea en un mar de fotocopias. Y yo, que soy una bebedora social (como diría la mamá de Patata), me siento un poco sola. Pero poco.
Realmente he pasado durante estas semanas en Bologna más tiempo en casa que nunca. Y por eso ahora tengo unas ganas tremendas de sentir el aire frío que me abofetea nada más salir por el portal, de grabar la ciudad que se vuelve a llenar de estudiantes después del parón navideño, de conocer a toda la gente que comienza su Erasmus ahora y que ve esta ciudad como una pequeña desconocida. Me apetece dejar al piso sin mi presencia durante más tiempo, aunque se porte siempre tan bien conmigo. Pero es que como en casa no se está en ningún sitio, eh?
Y hoy, como estoy generosa, os dejo la letra de una canción para que la repaséis. No hay de qué.
Hoy es 7 de enero, y a parte de muchas otras cosas, este día es famoso porque empiezan las tan esperadas rebajas. Y como mis circunstancias económicas me obligan a no malgastar un céntimo, allí estaba yo, en medio de aquel caos, dispuesta a aprovisionarme para el frío made in Bologna. Cuando tan sólo llevaba una hora, he empezado a delirar y a imaginarme un plano cenital en el que yo, parada en el centro de un río de personas, gritaba mientras alzaba los brazos hacia el cielo.
Peliculera, colega.
En fin, que esta mañana, en el centro, había más gente que en el infierno. Y es que no me extraña que la gente compre más de lo que necesite y que se gaste más de lo que se hubiera gastado si no fueran rebajas. La culpa de todo la tienen las madres. Y no, no es por como las visten, sino porque su histeria, su prisa por atrapar el mayor número de camisetas/pantalones/loquesepongaasualcance posible te hace actuar un poco como ellas. Eso o desesperas y te vas. O te pones a llorar. Vale, no voy a exagerar, pero por algo dicen que te unas a tu enemigo si no puedes con él. Menos mal que el calvario ha sido corto; he cogido lo que necesitaba y he abandonado el lugar de los hechos tan rápido como he podido.
Al menos he conseguido reprimir el brote psicópata. Algo es algo.