Empiezo a estar un poco cansada de las despedidas. Y no porque me suponga un montón de jaleo en cuanto a maletas y demás, sino porque no me apetece emocionalmente. Me cuesta pensar y aceptar que me vuelvo a ir, por raro que pueda parecer. Supongo que sigue siendo el miedo a lo desconocido, a saltar al vacío aunque sepa que hay colchoneta y que, en el fondo, estaré bien. Porque todos sabemos que caer de espaldas sobre el agua no mata, pero duele.
En una semana volveré a dejar Valencia, esta vez sin fecha concreta de vuelta, para ir a donde imagináis que voy a ir. Y sin beca Leonardo.