Bellevue Ave.

Me sentía más tentada que nunca. Y no se trataba de nada legal o moralmente inapropiado, por una vez. Simplemente tenía que continuar recto al llegar al cruce para, en lugar de dirigirme hacia mi casa, seguir al coche que llevaba delante. Era una mezcla de clase, misterio y desafío, el cachorro que nacería de un cruce entre un Rolls Royce y un Ferrari 599, una maravilla de la manipulación genética del motor. No conseguía ver al conductor porque los cristales estaban oscurecidos para mantener la privacidad de quien iba dentro pero gracias al retrovisor derecho y a un semáforo que duró lo suyo distinguí una camisa negra, un pelo canoso y algo que parecía la visera de una gorra.

Nos adentramos por una calle con una pronunciada pendiente, flanqueada por coquetas farolas que iluminaban poco porque el sol se resistía a morir. Eran las 21.05 y nadie me esperaba en casa así que, aunque la noche no diera más de sí, la tentación no se habría quedado sólo en eso. Pasamos al lado de casas lujosas, con piscina, con maravillosas curvas de jardín perfectamente cortado, con ángeles de piedra que lanzaban agua por la boca, con estanques y puentes. Un paraíso utópico para el 99% de los creyentes. Abrí la ventana y dejé que el olor de aquel lugar invadiera mi coche. Habíamos subido durante unos 15 minutos y desde nuestra posición se observaba parte de la ciudad. Estaba (y me sentía) en un lugar privilegiado, esta vez al alcance de todos.

El coche conducido por el hombre canoso puso el intermitente derecho y se paró. Yo, que no iba pegada a él para evitar que pensara que le estaba siguiendo, tenía unos metros de margen para ver su siguiente maniobra. La puerta de metal se abrió lentamente mientras emitía un ligero sonido en forma de pitido intermitente. El coche empezó a moverse justo cuando yo pasaba por su lado. Unos metros más adelante invertí el sentido e inicié a descender por la calle. Me coloqué de nuevo al lado de la puerta de metal, que esta vez se cerraba, y observé como el misterioso conductor salía del coche. Se trataba de un hombre de unos 45 años, alto, vestido de negro y con gorra de chófer. El misterio, en aquel momento, se trasladó al asiento posterior. El hombre canoso abrió la puerta trasera y permaneció inmóvil, como esperando a que algo ocurriera, pero nadie salió. Hizo un par de movimientos que no conseguí entender y miró hacia la puerta de la casa. Introdujo medio cuerpo en el coche, apoyó una rodilla en el asiento y, al final, volvió hacia atrás, esta vez con algo en la mano. Un hilo empezó a salir de aquel fantástico coche. Un hilo que acabaría con la intriga y en el cuello de una deslumbrante gata persa blanca.

Terrorífica-mente

Creo que la situación más horrible a la que se puede ver sometida una persona es a ver morir a su hijo asesinado delante de sus ojos y sin poder hacer nada para evitarlo. Es duro perder a un hijo, sea cual sea la forma, pero verle morir delante de tí y ser consciente de que va a suceder minutos antes de que pase es desmesuradamente espantoso.

Sé que es una reflexión horrible pero es una de esas cosas que pasan por mi mente como "absolutas", así que aquí dejo constancia y de paso me cercioro de que no hay nada que la supere.

¿Alguien da más?