Rony

Se llamaba Rony. Su nombre no tenía detrás una gran historia, pero no le importaba porque él tampoco la tenía. Ese nombre lo eligió su amo, un viejo con tan solo 50 años que se dedicaba a recoger parte de lo que la gente abandonaba. Y así fue exactamente como se conocieron.

Lo encontró en un callejón, al lado de unos contenedores, un lunes. El viejo, el perro y una botella con un culo de ron. Y de ahí, Rony. La soledad de ambos, sumada, dió como resultado una vida compartida a modo de favor mutuo. Necesidades compartidas, consuelo de tontos, pero no de pocos. 3 años de cartones, compañeros de veladas que no se repetían y muchas botellas de ron. De ron del malo y alguna que otra vez del bueno, por compasión. 3 años que acabaron por convertir a Rony en alguien contagiado de la infelicidad de su dueño.

Un día el perro decidió revelarse. Estaba harto de los continuos gritos y malos modos del viejo. Le daba rabia que no se diera cuenta del gran favor que le estaba haciendo pasando sus días con él, formando parte de lo que tenía, de su enorme y aborrecido inventario. Rony le atacó por detrás, como hacen los que son cosiderados cobardes y traidores. Pero realmente su acción suponía poseer un gran valor pues significaba hacer daño conscientemente a la persona que 'lo había salvado' y, así, romper con unas cadenas que 3 años antes no había imaginado que le llegarían a apretar tanto.

Corrió. Corrió mucho. Y llegó a la otra parte de la ciudad sin darse casi ni cuenta. Lloraba porque, aunque muchos no lo creían, él tenía sentimientos. Se alejó y consiguió ser un poco más feliz. Era consciente de que todo lo que había aprendido con él le sirvió mucho y por eso siempre le estaría agradecido. Pero hubo una cosa que no le dijo. Nunca le pudo explicar el porqué le mordió, el porqué le abandonó. Pero claro, los perros no hablan.

Enriqueta We Love You

Hoy he conducido una furgoneta por Barcelona. Una furgoneta de esas que pesan poco menos de 3.500 kg, límite permitido por el tipo B y por un carné que soplará próximamente 4 velas. Mi misión era la de transportar el atrezzo que utilizaremos mañana en el rodaje desde el sitio donde anoche se hizo el inventario hasta el hivernáculo (esta palabra suena a patata además de no existir, pero si dice in giro).

He cruzado, junto a mis compis de dirección artística, el barrio de Sants y el de Gracia hasta llegar al edificio de Les Punxes y girar a la izquierda en Roger de Llúria; después hemos continuado hasta Arc de Triomf. Invadiendo diversas aceras y zonas peatonales del parque hemos conseguido aparcar delante de unas escaleras y una rampa (total y perfectamente incorrecto). Allí hemos dejado: 3 mesas y 9 sillas de terraza, un perchero, un par de maletas con el vestuario, un juego de té antiguo, un paragüero, dos muebles, un tablero, unos caballetes, una vajilla de porcelana, hierbecitas, ollas, cremas, botes, un juego de 11 cuchillos y hachas y todo lo que se me olvida o no tengo ganas de escribir.

Todo sea por el corto, todavía sin título, que rodamos mañana y para el que nos hemos entregado en cuerpo (doy fe) y alma desde hace un mes. Mañana mi día empieza a las 5 (que no a las 17) y acaba tarde, a eso de las 21, cuando acueste a la furgoneta en su parking habitual y pueda irme a celebrar que el Enriqueta's Team ha llevado su proyecto a buen puerto. Semiculminará así (porque falta la postproducción) el "trabajo" universitario más importante en el que he participado en los 5 años de carrera.

Si es que lo mejor hay que dejárselo para el final.