Os propongo algo. Un ejercicio.
Imaginaos que no existís como personas, sino como personajes. Podéis ser del tipo que queráis: personaje de cómic, de película, de serie, de TV-Movie, de culebrón, de novela o hasta de dibujos animados. Lo que queráis. Escribid vuestro nombre, edad, a qué os dedicáis, 2 o 3 adjetivos que os definan y cual es vuestra situación actual, es decir, qué os preocupa actualmente o hacia dónde queréis encaminar vuestra vida.
Empezaré yo, que sé que eso cuesta:
Susana
21 años
Estudiante (actualmente de intercambio).
Un poco nómada, racional y susceptible.
No sé si acabar la carrera y seguir estudiando o acabarla y buscar trabajo.
Ah, con vuestra participación me ayudaréis para un trabajito de clase...
'Això sí és una putada'
Salvador Puig Antich, el film, cuenta la historia del joven de mismo nombre, militante del grupo MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), activista contra la dictadura franquista y víctima de ella.
A continuación os pego un par de extractos de la entrevista a Manuel Huerga, director de la película, que podéis ampliar en la edición digital de la revista 'El Temps':
- Com és el vostre Salvador?
- Un xicot íntegre que va ser conseqüent fins al darrer moment. I que va tenir la mala sort que mentre és a la presó, ETA mata Carrero Blanco, i una segona mala sort, que no va ser reivindicat per ningú. Aquí comença aquest trauma o mala consicència, que tots ens preguntem si no s’hauria pogut fer més per evitar aquella mort. Com va dir el seu advocat, les cartes ja estaven marcades. Ell mateix deia que no volia ser utilitzat per ningú, i això també l’aïlla.
- Algunes pel·lícules polítiques italianes han tractat d’exposar la ingenuïtat, o l’idealisme utòpic, fins a una certa confusió mental, dels grups revolucionaris sorgits de la burgesia. Us va passar pel cap de fer això?
- No. Jo he procurat una altra cosa, que la pel·lícula, tot i reflectir una etapa històrica determinada del nostre país, es pugui veure amb els ulls d’avui i es faci ben propera als nostres dies. Què tenim avui de semblant? Els grups antiglobalització. Penso que el que ha de fer la pel·lícula no és dir “eren així i van acabar així”, sinó que es puguin trobar semblances amb aquesta actitud que jo crec necessària i gairebé obligatòria de lluitar perquè el món sigui més just i evitar que les dictadures esclafin la revolta o el dret a l’heterodòxia. M’interessa més la mirada vigent que no l’explicació historicista d’uns fets o d’un règim concret. Si la pel·lícula no és aplicable al present, no l’hagués fet. Seria poc útil. Potser a Salvador no l’hi hagués agradat, perquè no feia les coses per ser famós. Però crec que la seva història no li pertany a ell, només.
A continuación os pego un par de extractos de la entrevista a Manuel Huerga, director de la película, que podéis ampliar en la edición digital de la revista 'El Temps':
- Com és el vostre Salvador?
- Un xicot íntegre que va ser conseqüent fins al darrer moment. I que va tenir la mala sort que mentre és a la presó, ETA mata Carrero Blanco, i una segona mala sort, que no va ser reivindicat per ningú. Aquí comença aquest trauma o mala consicència, que tots ens preguntem si no s’hauria pogut fer més per evitar aquella mort. Com va dir el seu advocat, les cartes ja estaven marcades. Ell mateix deia que no volia ser utilitzat per ningú, i això també l’aïlla.
- Algunes pel·lícules polítiques italianes han tractat d’exposar la ingenuïtat, o l’idealisme utòpic, fins a una certa confusió mental, dels grups revolucionaris sorgits de la burgesia. Us va passar pel cap de fer això?
- No. Jo he procurat una altra cosa, que la pel·lícula, tot i reflectir una etapa històrica determinada del nostre país, es pugui veure amb els ulls d’avui i es faci ben propera als nostres dies. Què tenim avui de semblant? Els grups antiglobalització. Penso que el que ha de fer la pel·lícula no és dir “eren així i van acabar així”, sinó que es puguin trobar semblances amb aquesta actitud que jo crec necessària i gairebé obligatòria de lluitar perquè el món sigui més just i evitar que les dictadures esclafin la revolta o el dret a l’heterodòxia. M’interessa més la mirada vigent que no l’explicació historicista d’uns fets o d’un règim concret. Si la pel·lícula no és aplicable al present, no l’hagués fet. Seria poc útil. Potser a Salvador no l’hi hagués agradat, perquè no feia les coses per ser famós. Però crec que la seva història no li pertany a ell, només.
Porqué los Teletubbies son el Demonio
Por Breat Easton Ellis
Hay un programa de televisión para niños que se desarrolla bajo el gris cielo inglés, donde un sol con cara de bebé tan adorable que debe de estar generado por ordenador amanece mientras una pequeña marcha suena de fondo.Y entonces aparecen los Teletubbies –cuatro manchas, actores disfrazados, cada uno con un color de piel distinto, cubiertos con antenas en lo alto de sus cabezas– brincando y jugueteando en un yermo y estéril campo de minigolf en un cesped espacial. Toman posturas de kárate sin una razón aparente. Llevan bolso. Tienen nombres como Dipsy o Tiny-Winky. Tienen caras simiescas, lisas, sin edad. Hablan diciendo fragmentos de frases y las entrecortan, con un aire a camareras japonesas que trabajan en el Sushi Bar del infierno. A veces interactuan con un narrador que les hace preguntas tan importantes como ‘¿qué llevas en el bolso, Tinky-Winky?’.
Como si fuesen niños, los Teletubbis se sorprenden con bolas, sombreros y comida de plástico. Cogen bolas, sombreros y comida de plástico. Bailar alrededor de una planta cogidos de la mano es un pasatiempo especialmente popular. Meten juguetes en las bolsas y luego los sacan con gran fanfarria y coraje. Los minutos pasan mientras los Teletubbies se van y el sol se va poniendo chillando tras ellos. Sobrio, perdiéndote al prestar atención, no tienes ni idea de lo que está pasando. Imaginarse a los actores dentro de esos trajes haciendo “tubbynatillas”, comiendo “tubbytostadas” y probándose sombreros pueden hacer que acabes sirviéndote una copa muy cargada.
Los Teletubbies comparten este lugar con conejos gigantes multicolor que son reales y se amontonan alrededor de camas hechas con flores de plástico (alguien que sabe de esto me dijo que los conejos son tan grandes como corderitos y son una raza exclusiva de este programa).
Empiezan a escucharse ruidos de pedos, los periscopios salen del cesped espacial, una ruleta emite rayos deslumbrantes que hacen que los Teletubbies se acurruquen y se separen, y es entonces cuando unos cuadrados grises empiezan a brillar en sus estómagos.
Estos Oompa Loompas colocados con ácido son realmente televisores –todos llevan orgullosos una pantalla incrustada en sus estómagos, mostrando imágenes de niños reales comportándose de forma extraña como Teletubbies– intentando hacer gimnasia, abriendo bolsas, subiéndose y bajándose los calzoncillos, pensando qué ponerse, cantando sin ton ni son, escapando unos de otros (lo que hacen normalmente mis amigos de Manhattan cada día). Este documental te recuerda la delgada linea que separa los patrones del lenguaje de los niños del de los borrachos.
Aunque carecen de la forzada y perjudicial alegría de Barny, los Teletubbies parecen la perversa idea que tendría un sátiro de un horrible programa infantil visto en un futuro inventado por Huxley u Orwell o Gibson. Recuerdan a los mutantes de ‘Cromosoma 5′, de David Cronenberg, y solo puedes quedarte quieto y pensar: vale, deben haber sido diseñados para trastornarnos. Es un reto. Las calculadas tácticas de Marilyn Manson para provocar no son nada comparadas con estos osos amorosos psicodélicos (un aviso: no escuches ‘The Dope Show’ mientras ves los Teletubbies con el volumen apagado). Realmente preferiría que mis hijos vieran ‘Confesiones en un taxi’ o ‘Deliverance’.
Los sonidos sedantes, el siniestro silencio, las vibraciones New Age, las superficies inmaculadas, todo tan anal y controlado y antiseptico, un mundo donde incluso lo espontaneo parece ensayado, la total falta de humor de todo esto es lo que hace a los Teletubbies tan espeluznantes y los convierte en emblemas de los nuevos padres y madres de mi generación.
Parte de mi resentimiento deriva del hecho de que tengo una edad en la que la mayor parte de mis amigos tienen niños y sientan la cabeza y esto choca con mi estilo de vida soltero: ahora las reservas para cenar se hacen a las 7, se evitan las invitaciones más salvajes, hay indignación con las drogas y la violencia en las películas (esas de antiguos adictos, camellos y ninfómanas). Pero parte de este resentimiento deriva de la hipocresía de los adultos –los creadores de los Teletubbies y los asustados y pensativos padres que plantan a sus hijos delante de la tele– que se sobreidentifican con los niños y quieren un mundo a prueba de bebés. Adultos que quieren un mundo acorde con su propia noción de seguridad.
Barrio Sésamo tenía una loca y anárquica calidad –el ingenio abundaba– a finales de los 60 y principios de los 70. Las marionetas eran alborotadoras y a menudo se confundían con los adultos (figuras de autoridad) que les rodeaban. Había parodias, canciones de rock y un aire a desorden que evidentemente no tiene los Teletubbies y eso hace que sea tan odioso que los artefactos culturales acaben siendo una estupidez esencial que calme a la gente que busca algo puro y familiar. El confort abunda. ¡Hazte Zen! Sshhh.
Te quedas pensando que si el Monstruo de las Galletas u Óscar el Cascarrabias entrasen en el mundo de los Teletubbies, su naturaleza incontrolable obligaría a éstos a arrancarse la mierda televisiva que llevan dentro y hacer que la ruleta gigante hiciera desaparecer sus cuerpos de marioneta.
Hay un programa de televisión para niños que se desarrolla bajo el gris cielo inglés, donde un sol con cara de bebé tan adorable que debe de estar generado por ordenador amanece mientras una pequeña marcha suena de fondo.Y entonces aparecen los Teletubbies –cuatro manchas, actores disfrazados, cada uno con un color de piel distinto, cubiertos con antenas en lo alto de sus cabezas– brincando y jugueteando en un yermo y estéril campo de minigolf en un cesped espacial. Toman posturas de kárate sin una razón aparente. Llevan bolso. Tienen nombres como Dipsy o Tiny-Winky. Tienen caras simiescas, lisas, sin edad. Hablan diciendo fragmentos de frases y las entrecortan, con un aire a camareras japonesas que trabajan en el Sushi Bar del infierno. A veces interactuan con un narrador que les hace preguntas tan importantes como ‘¿qué llevas en el bolso, Tinky-Winky?’.
Como si fuesen niños, los Teletubbis se sorprenden con bolas, sombreros y comida de plástico. Cogen bolas, sombreros y comida de plástico. Bailar alrededor de una planta cogidos de la mano es un pasatiempo especialmente popular. Meten juguetes en las bolsas y luego los sacan con gran fanfarria y coraje. Los minutos pasan mientras los Teletubbies se van y el sol se va poniendo chillando tras ellos. Sobrio, perdiéndote al prestar atención, no tienes ni idea de lo que está pasando. Imaginarse a los actores dentro de esos trajes haciendo “tubbynatillas”, comiendo “tubbytostadas” y probándose sombreros pueden hacer que acabes sirviéndote una copa muy cargada.
Los Teletubbies comparten este lugar con conejos gigantes multicolor que son reales y se amontonan alrededor de camas hechas con flores de plástico (alguien que sabe de esto me dijo que los conejos son tan grandes como corderitos y son una raza exclusiva de este programa).
Empiezan a escucharse ruidos de pedos, los periscopios salen del cesped espacial, una ruleta emite rayos deslumbrantes que hacen que los Teletubbies se acurruquen y se separen, y es entonces cuando unos cuadrados grises empiezan a brillar en sus estómagos.
Estos Oompa Loompas colocados con ácido son realmente televisores –todos llevan orgullosos una pantalla incrustada en sus estómagos, mostrando imágenes de niños reales comportándose de forma extraña como Teletubbies– intentando hacer gimnasia, abriendo bolsas, subiéndose y bajándose los calzoncillos, pensando qué ponerse, cantando sin ton ni son, escapando unos de otros (lo que hacen normalmente mis amigos de Manhattan cada día). Este documental te recuerda la delgada linea que separa los patrones del lenguaje de los niños del de los borrachos.
Aunque carecen de la forzada y perjudicial alegría de Barny, los Teletubbies parecen la perversa idea que tendría un sátiro de un horrible programa infantil visto en un futuro inventado por Huxley u Orwell o Gibson. Recuerdan a los mutantes de ‘Cromosoma 5′, de David Cronenberg, y solo puedes quedarte quieto y pensar: vale, deben haber sido diseñados para trastornarnos. Es un reto. Las calculadas tácticas de Marilyn Manson para provocar no son nada comparadas con estos osos amorosos psicodélicos (un aviso: no escuches ‘The Dope Show’ mientras ves los Teletubbies con el volumen apagado). Realmente preferiría que mis hijos vieran ‘Confesiones en un taxi’ o ‘Deliverance’.
Los sonidos sedantes, el siniestro silencio, las vibraciones New Age, las superficies inmaculadas, todo tan anal y controlado y antiseptico, un mundo donde incluso lo espontaneo parece ensayado, la total falta de humor de todo esto es lo que hace a los Teletubbies tan espeluznantes y los convierte en emblemas de los nuevos padres y madres de mi generación.
Parte de mi resentimiento deriva del hecho de que tengo una edad en la que la mayor parte de mis amigos tienen niños y sientan la cabeza y esto choca con mi estilo de vida soltero: ahora las reservas para cenar se hacen a las 7, se evitan las invitaciones más salvajes, hay indignación con las drogas y la violencia en las películas (esas de antiguos adictos, camellos y ninfómanas). Pero parte de este resentimiento deriva de la hipocresía de los adultos –los creadores de los Teletubbies y los asustados y pensativos padres que plantan a sus hijos delante de la tele– que se sobreidentifican con los niños y quieren un mundo a prueba de bebés. Adultos que quieren un mundo acorde con su propia noción de seguridad.
Barrio Sésamo tenía una loca y anárquica calidad –el ingenio abundaba– a finales de los 60 y principios de los 70. Las marionetas eran alborotadoras y a menudo se confundían con los adultos (figuras de autoridad) que les rodeaban. Había parodias, canciones de rock y un aire a desorden que evidentemente no tiene los Teletubbies y eso hace que sea tan odioso que los artefactos culturales acaben siendo una estupidez esencial que calme a la gente que busca algo puro y familiar. El confort abunda. ¡Hazte Zen! Sshhh.
Te quedas pensando que si el Monstruo de las Galletas u Óscar el Cascarrabias entrasen en el mundo de los Teletubbies, su naturaleza incontrolable obligaría a éstos a arrancarse la mierda televisiva que llevan dentro y hacer que la ruleta gigante hiciera desaparecer sus cuerpos de marioneta.
[encontrado en www.notanexit.net]
Dr. End
Nunca, y eso incluye desde el primer momento, me convenció la carrera que elegí. La gran trayectoria que habían seguido mi padre y mi hermano mayor me indicaba el camino; un camino que por supuesto yo seguí y una trayectoria que me encargué de deshacer. Después de dos años tirados a la basura me di cuenta de que si no te esfuerzas las luces que alumbran el camino acaban por apagarse y te quedas solo en la oscuridad.
Dejé el tema del relevo familiar en la cuneta y tomé la decisión que debería haber tomado algún tiempo atrás. Cambié de carrera y me metí en Medicina, porque lo que siempre había querido era salvar vidas. Sé que suena a heroico pero algo me decía que esa era mi misión en la vida. Cuando mis padres se enteraron de que me había inscrito en Medicina sintieron un gran alivio ya que pensaban que lo haría en el cuerpo de Policia.
Empecé y acabé la carrera, hecho que ya demostraba un gran progreso en mi vida. Hice las prácticas en el Elmhurst Hospital Center y acabé en calidad de residente. Mi placa dejaba a la vista de compañeros y pacientes mi nombre: Dr.Tom End. Decidí ponerme Tom en lugar de Thomas porque todos me llamaban así excepto mi madre y ahora dudaba que ella lo hiciera.
Mi apellido me marcó más de lo que pudiera haber imaginado después de mi encuentro con uno de los pacientes que tenía que operar: John Holloway, el cabrón que puso el grito en el cielo porque el doctor que le iba operar (es decir, yo) tenía un apellido que indicaba el fin de sus días. Se negaba a ser operado por mí por lo que yo le descarté también de mis operaciones previstas, lo cual no jugaba a su favor ya que el cáncer de colon que padecía se lo iba devorando a la velocidad de la luz. Después de charlar con él sobre la estupidez de su racionamiento contra mí conseguí convencerle y preparamos su ingreso para 7 días más tarde.
Le notaba muy tenso cuando iba en la camilla hacia el quirófano, tumbado, mirando las luces del techo pasar y rezando noséquecosa con las manos juntas, muy juntas. Además, para más inri, era martes 13, qué casualidad. Empezamos a operar y todo iba normal hasta que, gracias al sigmoidoscopio que había introducido en su culo, descubrí que ese maldito tumor le había perforado el colon a causa de una obstrucción grave en la parte izquierda. El final de la operación no os la podéis ni imaginar, como yo no lo imaginaba hasta que vi como la sangre incontrolada nos inundaba toda la sala. John Holloway tenía razón, su sexto sentido no fallaba, yo iba a acabar con sus días.
Decirle a sus familiares que por una complicación en la operación su marido/hermano/hijo, pero sobre todo padre, había muerto encima de la camilla de operación no fue nada fácil, de hecho hasta me llevaron a los tribunales por negligencia médica. Pero eso no fue lo que más me preocupó. Lo que consiguió quitarme el sueño fue que a partir de ese momento empezaron a morir entre mis manos muchos más pacientes. La misión que me habían encargado (o eso creía yo cuando entré en Medicina) había sido abortada.
Dios ganaba, yo perdía.
Dejé el tema del relevo familiar en la cuneta y tomé la decisión que debería haber tomado algún tiempo atrás. Cambié de carrera y me metí en Medicina, porque lo que siempre había querido era salvar vidas. Sé que suena a heroico pero algo me decía que esa era mi misión en la vida. Cuando mis padres se enteraron de que me había inscrito en Medicina sintieron un gran alivio ya que pensaban que lo haría en el cuerpo de Policia.
Empecé y acabé la carrera, hecho que ya demostraba un gran progreso en mi vida. Hice las prácticas en el Elmhurst Hospital Center y acabé en calidad de residente. Mi placa dejaba a la vista de compañeros y pacientes mi nombre: Dr.Tom End. Decidí ponerme Tom en lugar de Thomas porque todos me llamaban así excepto mi madre y ahora dudaba que ella lo hiciera.
Mi apellido me marcó más de lo que pudiera haber imaginado después de mi encuentro con uno de los pacientes que tenía que operar: John Holloway, el cabrón que puso el grito en el cielo porque el doctor que le iba operar (es decir, yo) tenía un apellido que indicaba el fin de sus días. Se negaba a ser operado por mí por lo que yo le descarté también de mis operaciones previstas, lo cual no jugaba a su favor ya que el cáncer de colon que padecía se lo iba devorando a la velocidad de la luz. Después de charlar con él sobre la estupidez de su racionamiento contra mí conseguí convencerle y preparamos su ingreso para 7 días más tarde.
Le notaba muy tenso cuando iba en la camilla hacia el quirófano, tumbado, mirando las luces del techo pasar y rezando noséquecosa con las manos juntas, muy juntas. Además, para más inri, era martes 13, qué casualidad. Empezamos a operar y todo iba normal hasta que, gracias al sigmoidoscopio que había introducido en su culo, descubrí que ese maldito tumor le había perforado el colon a causa de una obstrucción grave en la parte izquierda. El final de la operación no os la podéis ni imaginar, como yo no lo imaginaba hasta que vi como la sangre incontrolada nos inundaba toda la sala. John Holloway tenía razón, su sexto sentido no fallaba, yo iba a acabar con sus días.
Decirle a sus familiares que por una complicación en la operación su marido/hermano/hijo, pero sobre todo padre, había muerto encima de la camilla de operación no fue nada fácil, de hecho hasta me llevaron a los tribunales por negligencia médica. Pero eso no fue lo que más me preocupó. Lo que consiguió quitarme el sueño fue que a partir de ese momento empezaron a morir entre mis manos muchos más pacientes. La misión que me habían encargado (o eso creía yo cuando entré en Medicina) había sido abortada.
Dios ganaba, yo perdía.
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