<< > || >>

El viernes pasado acompañé a mi madre a ver a su padrino. Por culpa de la Pereza y la Excusa, hacía ya un montón de años que no se veían y la lección nos ha enseñado que no se puede dejar para mañana lo que debes hacer hoy. No es exactamente así el refrán pero a mí me sirve. Desde la muerte de mi abuelo, mi madre no dejaba de decirme que quería ir a verle porque le acababan de operar y que por esa razón no había podido venir a despedir al que fuera mecánico tornero junto a él durante gran parte de su vida, mi abuelo.

Pasamos la tarde es un salón estupendo, acogedor como pocos, escuchando información inédita sobre la juventud de mi abuelo, sobre cómo conoció a mi abuela y se lanzó a su conquista, sobre cómo este hombre, llevado por la broma, la incredulidad y el instante, prometió a mi abuelo que, si se acababa casando con ella, él sería el padrino de su primogénito. Esa sería mi madre, la que hoy se sentaba frente a él y le presentaba, a la vez, a su primogénita, yo.

Todas las cosas que nos contó, llenas de nombres, fechas, detalles, me hicieron darme cuenta de que, con toda probabilidad, la gente que tengo a mi alrededor y con la que comparto el presente será un punto de anclaje, en el futuro, hacia mi pasado, para toda la gente que no comparte conmigo el hoy pero que formará parte de mí inevitablemente. Para las personas que no saben lo que soy ahora y que quizá se pregunten como llegué a ser lo que seré dentro de unos años.

Yo ahora canto con mi padre "Smoke on the water, fire in the sky." We're burning now.

Jaque

La adoración por el enemigo es algo que siempre me ha llamado la atención. Al principio lo hacía negativamente porque me resultaba algo incomprensible, mi cabeza entendía lo de "al enemigo ni agua" como una orden de fusilamiento hasta del simple conocimiento de su existencia.
La cosa ha ido cambiando. Ahora admiro la figura del enemigo, me causa expectación, hace que arrugue los dedos de los pies si imagino un desafio o incluso una posibilidad de encontrarmelo por casualidad. Supongo que haciendo un análisis freudiano de ésto podría concluir diciendo que mi visión y relación directa con las cosas que me rodean han cambiado y que lo que antes me daba igual o incluso miedo ha acabado haciendo de mí una exploradora. El Everest me tienta.
Y es que la etiqueta de enemigo no es algo que yo doy a la gente con la que he tenido algún que otro problema, sino a gente a la que, en el fondo, admiro pero que me encienden el sentido arácnido, los que pulsando las teclas correctas me pueden llegar a convertir en un gato frente a un panal de abejas.

Cardiofilia

Vivita y coleando, aunque mi subconsciente se resista y me llene de moratones a base de patadas, sigo siendo un pez en el mar, libre, lleno de algas y buscando un anzuelo. Uno con gusano de pedigrí. He ido saltando de charco en charco y de un congreso de hipertensión voy a pasar a uno de cardiopatía isquémica. El Palacio de Congresos me ha acogido como si fuéramos viejos amigos, aunque voy más perdida que nadie. Me servirá para algo, quizá sea sólo dinero, de hecho empiezo a temerlo, pero no voy a tirar la toalla, el cromo puede estar al final del bollicao.

El curso es otra cosa. Estoy como una niña con zapatitos nuevos, deseosa de pasarme todo el tiempo delante de la pantalla intentando quedar satisfecha con la mayor frecuencia posible.
No es ambición, son unas ganas que me hacen bailar como si llevara unos zapatos con pilas, como los autobuses asesinos que no se pueden parar porque alguien ha boicoteado sus frenos. Espero no llevarme a nadie por delante, venga, por favor.

Nota para los hombres: el perímetro de la cintura no debe superar los 102 centímetros. En caso contrario, tu corazón es una bomba de relojería. Tic, tac. Tic, tac.