Poesía para jóvenes

Como todos los jóvenes yo también he buscado
esa luz inquietante que brilla en la aventura.
Como todos los jóvenes he arrastrado mis sueños
por el fango celeste de la vida nocturna.

El alcohol –que seduce– y los cuerpos –que embriagan–
me han dado la medida de unos mundos secretos
que van ya convirtiéndose en jardines de hastío,
y la pasión primera en un jardín de invierno.

Todo cansa y aburre. Las manzanas mordidas
dejan el gusto amargo de una falsa promesa:
su seducción se cumple y de pronto no es nada.
Consumar un deseo es besar a la niebla.

Como todos los jóvenes he apostado al diablo
y he vendido mi alma a precio de inexperto;
supongo que he perdido la inocencia y la Gloria,
pero nunca los jóvenes temimos el Infierno.

Y aunque me quede tiempo y aunque el halago equívoco
del mundo me sujete, he muerto a las pasiones.
Porque todo es un lento bostezo. Y no me importa
apostar al fracaso. Como todos los jóvenes.


FELIPE BENÍTEZ REYES: Los vanos mundos (1985)

La puta de Albal


Un paquete de toallitas húmedas y una lata de algún refresco. Ésos son los compañeros habituales de la puta de Albal. Y lo digo desde el más absoluto respeto. Aunque caiga un sol de justicia o el frío te corte las manos y te encorve la espalda, la puta de Albal nunca descansa. Al menos, no de lunes a viernes, días en los que paso por su esquina de bordes redondeados.

Entre una gasolinera y la autovía, por la que más que coches parecen pasar balas, la puta de Albal llama por teléfono. Todas las tardes -siempre y cuando esté libre y no haya nadie que venga a darle trabajo-. Debe de pagar facturas astronómicas. Siempre me pregunto con quién estará hablando. ¿Con una amiga? ¿Con un cliente especial? ¿Con su hermana? Sea quién sea, le ayuda a pasar las horas allí, clavada entre unos hierbajos de esos que nunca mueren.

La puta de Albal me mira siempre al pasar. Como casi todas las prostitutas cuando ven pasar un coche tan cerca. Pero ella es diferente, mira sin pretensiones, sin exigencias. Ella se muestra, pero, a la vez, se esconde tras sus gafas de sol. A veces se refugia dándote la espalda (y enseñando la materia prima). La puta de Albal parece estar esperando eternamente a alguien que la recoja, pero que no lo haga para siempre porque ése es su sitio. Ésa es ella.

Como en casa en ningún sitio

Lo mejor de hacer una mudanza es poder dejar atrás los montones de cosas inútiles de las que no eres capaz de desprenderte. Correo postal del que te enviabas cuando todavía no existía el e-mail (o era muy caro y un desconocido para tus padres), miles de estuches y sus bolis, apuntes de la universidad, libros que no te interesan ni lo más mínimo pero que han ido haciéndose un hueco en los límites de tu comarca del anillo.

Todo esto y mucha mierda más se queda en casa de tus padres. Tú, basándote rigurosamente en el criterio de la utilidad, metes en una bolsa las cosas sin las que no puedes estar. Muchas de ellas son absolutamente prescindibles, pero, por el motivo que sea, las quieres tener cerca. Un libro, una foto, una entrada a un concierto. ¡Una figurita de ET (el extraterrestre)!

El problema llega cuando acumulas a tus espaldas un montón de mudanzas. En mi caso, tras 3 mudanzas itinerantes por la geografía europea, descubrí que muchos de mis imprescindibles se habían quedado por el camino o -espero- en un paradero desconocido por mí pero en el que están sanas, salvas y conservadas. Esto me ha pasado con parte de mis cedés de NIN y con el deuvedé de su último tour, por ejemplo (sí, es el ejemplo más doloroso).

Y como la vida muchas veces es irónica y se descojona de ti mientras tú te tiras al suelo y pillas un berrinche del quince, resulta que lo que conservas en perfectísimo estado son las mierdas inútiles que dejaste en casa de tus padres. Todos los objetos/recuerdos que no pasaron tu criba súper personal y que ahora te esperan, como nuevos, para darte la bienvenido al hogar. Discos de música clásica que te regalaron en el Bancaja por Navidad, libritos de 20 páginas de cine la hostia de interesante pero que jamás verás porque ninguna distribuidora llevará esas películas a tu ciudad y no están en internet para descargar, diccionarios de todos los idiomas (la mayoría con las puntas pegadas con Loctite, recuerdo de lo mal que se te daba la Plástica en Primaria) que ya no usas porque prefieres wordreference o el traductor de google. Sientes ganas de cogerlo todo y lanzarlo por el balcón. Pero no. Al final se te pasa y, como mucho, te los subes al desván o los entierras en el garaje para no verlos. Porque, si los ves, te recuerdan que ellos están y tus imprescindibles del alma no. Si queréis algo de verdad, dejadlo en casa de vuestros padres (no aplicable a uno mismo).